Dr. José P. Palma-Nicolás
Universidad Autónoma de Nuevo León. Facultad de Medicina, Departamento de Microbiología. Ave. Francisco I. Madero y Dr. Eduardo Aguirre Pequeño s/n, Col. Mitras Centro. C.P. 64460, Monterrey, Nuevo León, México.
Resumen: La tuberculosis, antigua y devastadora, pasó de ser una enfermedad temida a un símbolo cultural del Romanticismo. En el siglo XIX fue idealizada como signo de sensibilidad, belleza trágica y sufrimiento espiritual, especialmente en mujeres y artistas. Tras el descubrimiento del bacilo de Koch, predominó una visión higienista, médica y social.
Palabras clave: Tuberculosis, Romanticismo, tisis, estigma.
Introducción
La tuberculosis es una de las enfermedades infecciosas más antiguas de la humanidad. La evidencia más temprana de la enfermedad se remonta a esqueletos humanos de más de 9,000 años encontrados en el actual Israel (Holloway et al., 2004), así como en momias egipcias de hace más de 5,000 años que presentan signos de infección tuberculosa en la columna vertebral (Pott’s disease). A lo largo de los siglos, la enfermedad fue conocida con distintos nombres, como phthisis (del griego), consunción o tisis, y era ampliamente reconocida por su carácter progresivo, debilitante y, en muchos casos, fatal.
Durante la Edad Media y el Renacimiento, la tuberculosis no se distinguía con claridad de otras enfermedades pulmonares crónicas. Sin embargo, ya en esta época era temida y estigmatizada. Algunos registros indican que se asociaba con condiciones de vida insalubres, aunque su causa se mantenía desconocida. No fue hasta el siglo XIX cuando la tuberculosis comenzó a perfilarse no solo como un problema de salud, sino también como un fenómeno social y cultural de gran magnitud.
El siglo XIX fue, paradójicamente, tanto la era del Romanticismo como la del auge de la Revolución Industrial. Esta coexistencia de sensibilidad estética y transformación económica creó un terreno fértil para la expansión y mitificación de la tuberculosis. En términos médicos, la tuberculosis alcanzó proporciones epidémicas en las ciudades industrializadas de Europa. Se estima que a finales del siglo XIX, entre el 25% y el 30% de todas las muertes en Europa occidental eran causadas por tuberculosis (Daniel, 2006). Las condiciones urbanas —hacinamiento, mala ventilación, desnutrición y contaminación— favorecían la transmisión de la bacteria Mycobacterium tuberculosis, aún desconocida por la ciencia médica de la época,
Al mismo tiempo, la tuberculosis fue revestida de una connotación estética. Esta combinación de sufrimiento, muerte lenta y aparente elevación espiritual convirtió a la enfermedad en un fenómeno cultural sin precedentes. El Romanticismo halló en la tuberculosis una metáfora perfecta de la fragilidad de la existencia y de la nobleza del sufrimiento. Era, como afirmaba Susan Sontag (1978), una enfermedad “de la pasión”, a diferencia del cáncer, percibido como una dolencia de la “represión”.
El impacto social de la tuberculosis fue ambiguo. Por un lado, sus víctimas —sobre todo las mujeres jóvenes y los artistas— eran idealizadas como seres sensibles, elevados, mártires de su propio genio o inocencia. Esta representación cultural se plasmó en la literatura, la pintura, la música y la ópera.
Por otro lado, la tuberculosis también generó miedo y rechazo. A pesar de su romanticismo, la enfermedad era altamente contagiosa. Los enfermos eran aislados, y muchas veces, escondidos por sus familias. El estigma aumentó con el tiempo, sobre todo cuando se descubrió su naturaleza infecciosa en 1882, tras los trabajos de Robert Koch. A partir de ese momento, el aura romántica fue progresivamente sustituida por un enfoque más higienista y disciplinario. Las clases sociales desempeñaron un papel clave en esta ambivalencia. En las clases altas, el tísico podía ser visto como un mártir refinado, mientras que en las clases bajas la tuberculosis era sinónimo de miseria, promiscuidad y decadencia moral. Esta doble percepción reforzó estereotipos sociales y alimentó políticas de segregación, vigilancia médica y control institucional.
Una de las respuestas sociales más significativas a la tuberculosis fue la creación de los sanatorios. Inspirados en el movimiento higienista, estos establecimientos promovían un modelo terapéutico basado en el reposo, el aire puro, la buena alimentación y la disciplina. El primero de estos sanatorios fue fundado en 1854 por Hermann Brehmer en Görbersdorf, Alemania. Rápidamente, esta idea se expandió por toda Europa y América. Los sanatorios no solo fueron espacios de tratamiento, sino también dispositivos de control social. En ellos se impuso una rutina rígida, se vigilaba el comportamiento y se mantenía la separación entre los enfermos y el resto de la sociedad. El espacio del sanatorio —alejado de la ciudad, inmerso en paisajes montañosos o rurales— reforzaba la noción de que el paciente tísico debía ser separado, purificado o, en última instancia, apartado.
La medicina también cambió con el avance del conocimiento microbiológico. El descubrimiento del bacilo de Koch en 1882 marcó un hito: por primera vez se identificaba una causa concreta y transmisible de la tuberculosis. Este hallazgo dio lugar a campañas públicas de prevención, reformas sanitarias urbanas, regulaciones de higiene y nuevas prácticas diagnósticas, como la radiografía y la prueba de la tuberculina. No obstante, los tratamientos realmente eficaces no llegarían hasta mediados del siglo XX, con la introducción de antibióticos como la estreptomicina descubierta por Waksman y Schatz en 1943. Mientras tanto, la tuberculosis siguió causando millones de muertes y mantuvo su peso simbólico en la cultura y el arte.
La tuberculosis como enfermedad romántica
Durante los siglos XVIII y XIX, la tuberculosis —conocida entonces como tisis o consunción— adquirió una carga simbólica sin precedentes en la cultura occidental. En un contexto donde las causas y tratamientos de la enfermedad eran poco comprendidos, y donde el diagnóstico era casi una sentencia de muerte, la tuberculosis se convirtió en una enfermedad “estética”. Lejos de ser solo una dolencia física, fue transformada en un vehículo de expresión artística, dotada de un aura trágica, melancólica y espiritual.
En una época en que el Romanticismo promovía la exaltación de las emociones, la subjetividad y lo sublime, la figura del enfermo tísico encajaba perfectamente en los cánones de lo sensible y lo bello. La delgadez extrema, la palidez, la fiebre constante y los estados de ensoñación se interpretaron como signos de sensibilidad exacerbada, cercanía con la muerte y elevación del alma. La enfermedad dejaba de ser solamente un padecimiento y se convertía en una forma de trascendencia, casi de purificación espiritual.
Representaciones literarias: de Goethe a Dumas
Uno de los primeros grandes autores en establecer un modelo literario del enfermo tísico fue Johann Wolfgang von Goethe, con su obra Las penas del joven Werther (1774). Aunque el personaje principal no sufre de tuberculosis, su estado febril, su extrema sensibilidad y su final trágico encarnan muchos de los ideales románticos que luego se asociarían a los pacientes con esta enfermedad. La muerte, lejos de ser temida, era vista como una consumación estética del sufrimiento.
Ya en el siglo XIX, la tuberculosis pasó a ocupar un papel central en la literatura. Un ejemplo paradigmático es el de La dama de las camelias (1848) de Alexandre Dumas hijo. La protagonista, Marguerite Gautier, padece tuberculosis, lo cual potencia su imagen de mujer bella, trágica y redimida por el amor. Esta figura inspiraría posteriormente la ópera La Traviata de Giuseppe Verdi (1853), consolidando la imagen de la tuberculosis como una enfermedad del amor, asociada a una sensibilidad extrema y al sacrificio.
Charles Dickens también aborda la tuberculosis en personajes como Little Nell en The Old Curiosity Shop (1840-1841), quien muere de una enfermedad nunca nombrada, pero cuyas descripciones apuntan a la tisis. En la literatura victoriana en general, la tuberculosis se convirtió en una forma aceptable —incluso deseable— de morir, en contraste con otras enfermedades como la sífilis o el cólera, más asociadas a la “bajeza moral”.
La mujer tísica como ideal estético
En este periodo, se conforma un arquetipo estético: la mujer tísica. Esta figura encarna la fragilidad, la belleza etérea y la espiritualidad. La enfermedad, lejos de destruirla, la vuelve más admirable. Su aspecto cadavérico —piel blanca, mejillas enrojecidas por la fiebre, ojos brillantes— se consideraba un signo de sensibilidad elevada. En muchos casos, estas mujeres eran representadas como víctimas de una sociedad cruel o de un amor imposible, lo que añadía dramatismo a su padecimiento. Uno de los ejemplos más notables en la literatura es la Mimì de La Bohème (1896), ópera de Giacomo Puccini basada en la novela Scènes de la vie de bohème (1851) de Henri Murger. Mimì, una joven costurera parisina, muere de tuberculosis en la más absoluta pobreza. Su sufrimiento y muerte son el clímax emocional de la historia, y están tratados con gran lirismo y compasión. Esta representación consolidó aún más la figura de la mujer tísica como símbolo de belleza y tragedia.
Pintura: idealización visual del sufrimiento
La pintura del siglo XIX también participó en la construcción visual del imaginario de la tuberculosis. Si bien la enfermedad no siempre se retrataba de manera explícita, muchas obras presentan figuras humanas con los signos físicos asociados a ella: rostros pálidos, delgadez extrema, miradas perdidas, posturas lánguidas. La estética de lo enfermizo se integró en la concepción romántica del arte.
Un ejemplo notable es la obra de Edvard Munch, cuya familia fue profundamente afectada por la tuberculosis. Su hermana Sophie murió de la enfermedad, y su madre también la padeció. Esta experiencia personal marcó su producción artística. En el cuadro La niña enferma (1885–1886), Munch representa a su hermana moribunda en una atmósfera de tristeza y resignación. La pintura destaca por su uso de colores fríos, la deformación expresionista y el foco emocional en la fragilidad de la figura central.
Asimismo, artistas prerrafaelitas como Dante Gabriel Rossetti también exploraron la estética de la enfermedad. Las modelos de Rossetti, con sus rostros demacrados y sus miradas nostálgicas, evocan la imagen de la mujer tísica, aunque sin una referencia directa a la enfermedad. La belleza idealizada y decadente fue una constante en su obra, y muchos críticos han relacionado este ideal con el culto a la tuberculosis.
Lecturas recomendadas
-
- Dumas, A. (1848). La dame aux camélias. Paris: Michel Lévy Frères.
-
- Goetz, C. G. (2000). Charcot, the clinical attitude, and the aesthetic of disease. The Lancet Neurology, 355(9210), 1714–1716.
-
- Porter, R. (1997). The Greatest Benefit to Mankind: A Medical History of Humanity. London: HarperCollins.
-
- Spencer, H. (2005). The Romantic Disease: Tuberculosis and the Artistic Imagination. Cambridge: Cambridge Scholars Press.
-
- Zola, É. (1877). L’Assommoir. Paris: Charpentier.
-
- Zylberman, P. (2004). Tempting Fate: A History of the European Tuberculosis Sanatorium. In Condrau, F., & Worboys, M. (Eds.), Tuberculosis Then and Now: Perspectives on the History of an Infectious Disease (pp. 118–141). Montreal: McGill-Queen’s University Press.
Referencias
Sontag, S. (1978). Illness as Metaphor. New York: Farrar, Straus and Giroux.
Daniel, T. M. (2006). Captain of Death: The Story of Tuberculosis (2nd ed.). Rochester, NY: University of Rochester Press
Holloway, K. L., et al. (2004). Detection of Mycobacterium tuberculosis DNA in ancient human remains. Journal of Clinical Microbiology, 42(6), 2656–2660.